El mérito: en la vida civil, en la vida en Dios

El mérito: en la vida civil, en la vida en Dios

Resulta muy penoso advertir que en algunos ambientes eclesiásticos en los que, de un modo silente o más o menos declarado, se profesa la misma ideología del movimiento al que pertenece el presidente, y que tiene un historial arraigado en el siglo XX, se comparte la misma incomprensión del valor del mérito y se lo critica, acentuando la confusión que muchos fieles padecen a causa de la crisis que vive la Iglesia.

Monseñor Héctor Aguer - 07/10/20 10:10 PM

La conducta del hombre no es indiferente, tiene consecuencias según su calidad; por sus actos se hace digno de reconocimiento o de repulsa. Las buenas acciones tienen un valor que hace a su autor digno del aprecio de la comunidad en la cual vive. En el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2006) encontramos la noción general de mérito, que no se limita a la relación ético-religiosa con Dios: «El término mérito designa en general la retribución debida por parte de una comunidad o una sociedad a la acción de uno de sus miembros, considerada como obra buena u obra mala, digna de recompensa o de sanción. El mérito corresponde a la virtud de la justicia conforme al principio de igualdad que la rige». Es decir: unicuique suum, a cada uno lo suyo. El mérito, entonces, considerado en su acepción positiva, es fuente de valor, y es deber de justicia reconocerlo. La tradición cristiana al respecto arranca en algunas consignas apostólicas, por ejemplo, en esta de San Pablo: «En aquella ocasión les impusimos esta regla: 'el que no quiera trabajar -ergádzesthai- que no coma» (2 Tes 3, 10); «les mandamos y los exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen en paz -metà hesyjías ergadzómenoi- para ganarse su pan» (ib. 12). Hesyjía significa tranquilidad, calma, reposo, paz, silencio; el mérito auténtico no hace ruido ni se exhibe [i].

El concepto de meritocracia me parece ambiguo; puede ser mal entendido y aplicado sin observar las exigencias de la justicia. Krátos significa autoridad, dominio, poder. La meritocracia debe ser el gobierno de los que merecen acceder a él, y consiste en la idoneidad para incorporarse al servicio de un proceso de crecimiento social. Nuestra Constitución Nacional establece como única condición para ocupar los cargos públicos, precisamente la idoneidad para desempeñarlos digna y eficazmente, en beneficio del bien común. Es este el gran débito de la versión degradada de democracia que padece el país, y que algunos denominan kakistocracia, gobierno de los peores (kákistos es el superlativo de kakós: malo, que carece de las cualidades que corresponden, sórdido, malvado). Continuamente votamos en listas «sábana» a personajes que no conocemos, en las cuales pueden ser incluídos candidatos inútiles o de mala catadura personal y política.

Una concepción humanista y cristiana del mérito y la meritocracia debe excluir todo posible contagio del egoísmo antisolidario de la avaricia. Los antiguos griegos habían condenado la pleonexía, codicia, ambición desmedida de quien ya abunda en recursos. En los Evangelios de Marcos y Lucas, y en las Cartas Apostólicas, se incluye la pleonexía en la enumeración de pecados graves de los que los fieles deben guardarse (cf. Mc 7, 22; Lc 12, 15; Rom 1, 29; Ef 4, 19; 5, 3; Col 3, 5; 2 Pe 2, 3.14; 1 Tes 2, 5). Se señala, además, al amor al dinero -philargyría- como «la raíz de todos los males» (1 Tim 6, 10). La meritocracia no debe concebirse y establecerse como gobierno de los ricos. El concepto clásico de aristocracia -aristokratía-, independiente de las formas históricas en que pudo encarnarse, designa al gobierno ideal de los mejores según Platón y Aristóteles; puede ser como realidad social perfectamente compatible con la democracia: ¿Qué mejor para el pueblo - dêmos- que ser gobernado por los mejores -áristoi- que él elige? Evidentemente, este ideal no podrá nunca ser alcanzado sin un sinceramiento, una reforma de la vida política, de la cual debe recuperarse la dimensión moral.

El presidente argentino Alberto Fernández se ha lanzado enfáticamente a denigrar el mérito y su valor en la vida social. Copio algunos de sus despropósitos: «La idea de mérito como ordenador social habla de la falta de solidaridad que vivió Argentina»; «lo que hace evolucionar o crecer no es el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años»; «el más tonto de los ricos tiene muchas más posibilidades que el más inteligente de los pobres». Al participar de un encuentro virtual convocado por el área de Pastoral Social de la Arquidiócesis de Buenos Aires, propuso, con mucho ánimo e irreflexión, una «convocatoria abierta, múltiple y plural para construir una Nación que sea efectivamente una casa de todos, más equitativa y más igualitaria». Según él, la penosa situación social que lleva a contar a más del cuarenta por ciento de la población hundida en la pobreza es responsabilidad del gobierno anterior, que fue muy malo, en verdad; omite reconocer que el movimiento al cual él pertenece ocupó el poder más de una década en el orden nacional, y continúa ocupándolo en la mayoría de las provincias, en algunas de ellas como si fueran su propiedad desde hace treinta años; a él se debe principalmente que la Argentina haya caído en la miseria y alcanzado cuotas de corrupción jamás sufridas antes. Su mismo gobierno, a causa de la errada política adoptada ante la pandemia está incrementando el desastre de la economía, con las consecuencias sociales que ya se acumulan. La continua inculpación del gobierno precedente, y de toda la oposición política, muestra la mendacidad de su convocatoria a «terminar con las disputas estériles para construir una Argentina con trabajo y con producción».

Su incomodidad con el mérito se debe a que el Dr. Fernández, a los ciudadanos libres que con el fruto de su trabajo contribuyen al bienestar general, prefiere los clientes, las multitudes pauperizadas que viven de las dádivas estatales en una sociedad donde se ha perdido el empleo privado, y se han fundido miles de empresas; como consecuencia se ha deteriorado seriamente lo que suele llamarse «cultura del trabajo». El virus letal es esa especie de «pobrismo estatista» que caracteriza como ideología al movimiento actualmente en el poder. Se accede al trabajo sumándose a la superpoblación de un Estado - patrón a cuyos beneficios se accede por parentesco, amiguismo, recomendación, coincidencia ideológica o servicios prestados a la corporación política. En este contexto el mérito no es necesario. La mitad por lo menos de la economía argentina se inserta en el sector público. Recientemente, un editorial del diario «La Nación», de Buenos Aires, ha señalado que según los criterios oficialistas, lo que hace crecer es «tener contactos, aplaudir, subordinarse, apañar, simular, contradecirse o manipular, conforme a la lógica del príncipe, no del mercado». En nuestra historia reciente se ha pasado de la adoración del mercado a su repudio. Es este otro de los signos de un país «agrietado». El presidente funda su crítica del mérito en un reduccionismo clasista que resulta irrisorio. La capacidad de merecer no depende exclusiva o principalmente de la posición económica y la ubicación social; importa sobremanera la formación de la personalidad que se adquiere en la familia, la instrucción adecuada proporcionada por la escuela, la educación para el trabajo; estos valores pueden emparejar las diferencias materiales. Nuestro drama es que la decadencia cultural ha multiplicado una pobreza personal que equivale a la incapacidad de progresar con iniciativa y libertad.

Otra contradicción: la preferencia declamada por los pobres no es compatible con el «crimen abominable», la liquidación de los más pobres entre los pobres, los niños por nacer, que al parecer, según Fernández, no merecen ver la luz del sol. En efecto, se comprometió con énfasis una vez más a hacer aprobar cuanto antes una legalización del aborto que amplíe las concesiones ya otorgadas por decisiones judiciales, y protocolos del Poder Ejecutivo. Así se completa el igualitarismo promovido por el actual gobierno: ¡no se salva nadie!

En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia leemos: «La promoción de la dignidad humana implica sobre todo la afirmación del inviolable derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, el primero entre todos y condición para todos los otros derechos de la persona... en el actual contexto cultural, asume singular urgencia el empeño en defender el matrimonio y la familia, que puede ser cumplido adecuadamente solo en la convicción del valor único e insustituible de estas realidades en orden al auténtico desarrollo de la convivencia humana» (n. 553). Otro demérito de la progresía izquierdista en el poder ha sido la ley de «matrimonio igualitario», promulgada por la actual vicepresidenta durante su mandato presidencial.

Resulta muy penoso advertir que en algunos ambientes eclesiásticos en los que, de un modo silente o más o menos declarado, se profesa la misma ideología del movimiento al que pertenece el presidente, y que tiene un historial arraigado en el siglo XX, se comparte la misma incomprensión del valor del mérito y se lo critica, acentuando la confusión que muchos fieles padecen a causa de la crisis que vive la Iglesia.

La realidad humana del mérito se verifica también en el orden sobrenatural de la vida cristiana. El concepto de mérito pertenece a la doctrina de la fe, y ocupa un lugar importante en la teología católica. El Concilio de Trento, en la Sesión VI, del año 1547, ha enseñado que la justificación recibida por la gracia de Cristo crece, cooperando con ella la fe y las buenas obras del cristiano, en un proceso de santificación que va acercando a la vida eterna. El Canon 32 condena a quienes afirman que «las buenas obras del hombre justificado son dones de Dios en el sentido de que no son también méritos buenos del mismo justificado; o que el justificado mismo, por estas buenas obras que hace por la gracia de Dios y el mérito de Jesucristo, del cual es un miembro viviente, no merece verdaderamente al aumento de la gracia, la vida eterna y la consecución de la vida eterna (supuesto que muera en gracia), y también el aumento de la gloria» (DS. 1582)[ii].

La liturgia atestigua cumplidamente la tradición. Basta una sola referencia como ejemplo. La Oración Colecta del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario dice que la magnificencia del amor de Dios «sobrepasa los méritos y aun los deseos» de quienes le suplican. El hombre puede crecer en la vida en Dios que ha recibido por gracia, puede merecer ese crecimiento, pero el amor de Dios siempre es más grande. El mérito es mérito de la gracia, y se comprende como colaboración con la obra de Dios, a la que ha sido asociado el creyente. El Concilio Vaticano II, sin utilizar la terminología técnica, expresa claramente esa fructuosa colaboración al hablar de la vocación a la santidad: «Todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán cada día más si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina (voluntati divinae cooperantur), haciendo manifiesta a todos, incluso con su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo» (Lumen gentium, 41).

El Catecismo de la Iglesia Católica, en su estudio de la gracia como vida en Cristo, incluye un desarrollo sobre el mérito (n. 2006-2011). El origen de este reside en la acción paternal de Dios, «que ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia», pero sigue necesariamente la colaboración del libre obrar del hombre, acompañado de los auxilios del Espíritu Santo. El mérito del cristiano está rodeado por la gracia, preveniente y concomitante; los méritos son dones de Dios, pero méritos verdaderos. Dice el Catecismo: «Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace coherederos de Cristo y dignos de obtener la herencia prometida de la vida eterna». Debe quedar siempre claramente establecido que «nadie puede merecer la gracia primera, en el inicio de la conversión, del perdón y de la justificación». Pero supuesto el don que es iniciativa divina, «bajo la moción del Espíritu Santo y de la caridad, podemos después merecer en favor nuestro y de los demás gracias útiles para nuestra santificación, para el crecimiento de la gracia y de la caridad, y para la obtención de la vida eterna» (2010).

El dinamismo sobrenatural del mérito alcanza también los bienes temporales, como la salud, la amistad y otros, que pueden obtenerse mediante la oración del creyente, que entra en el misterio de la sabiduría y providencia de Dios (cf. n. 2010 s.). La rectitud de la intención cuida no incurrir en el egoísmo, en una autorreferencialidad malsana que equivaldría al intento de utilizar a Dios en beneficio propio; la fuente de todo mérito es la caridad, un amor activo que nos une a Cristo para colaborar en su obra de salvación. El Catecismo concluye este capítulo con una cita de Santa Teresita: «Tras el destierro en la tierra espero gozar de Ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar solo por vuestro amor... En el atardecer de esta vida compareceré ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que cuentes mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas ante tus ojos. Por eso, quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de ti mismo...»

Volvamos a la primera parte de este trabajo: la cuestión del mérito en la vida civil. El clientelismo practicado por el gobierno envilece a los pobres; la verdadera preocupación por ellos, y por una mayor igualdad en la vida social exige -más allá de la ayuda directa que corresponde otorgar en tiempos de emergencia- la creación de trabajo genuino, y la posibilidad real de acceder a él. El problema actual de la Argentina no reside principalmente en los residuos de neoliberalismo, sino en el socialismo «de cuarta» [iii] practicado por un Estado gigantesco cuyo aparato burocrático aplasta a una sociedad en la que los políticos viven de los pobres: veintitrés ministerios, innumerables secretarías, subsecretarías y comisiones, senadores y diputados con infinidad de «asesores» (parientes, amigos, correligionarios), todo ello para lograr el resultado que está a la vista: sumir irremediablemente a los argentinos en la decadencia nacional. Pero hay remedios, por fortuna, y recuperar el valor del mérito es uno de ellos.

+ Héctor Aguer, Arzobispo emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Académico Correspondiente de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro. Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino.

Miércoles 7 de Octubre de 2020.
Fiesta de Nuestra Señora del Rosario.
Aniversario de la Victoria de la Batalla de Lepanto.


[i] Comentando la sentencia del Apóstol, Santo Tomás muestra la ejemplaridad del mérito y la corrección de vida que implica; pone dos razones contra la ociosidad: dar ejemplo a otros, y cohibir el deseo de apropiarse de lo ajeno. En varios pasajes de sus obras, el Doctor Angélico explica que para que una obra sea meritoria importa más su bondad intrínseca que la dificultad en realizarla, aunque accidentalmente esta vale en razón del empeño y la atención que se ponen en ella. Cuanto la acción es más ardua y trabajosa, tanto mayor es el mérito (cf. II-II, q. 27, a.8, 3m). Valgan estas pocas referencias para señalar que el valor del mérito es una tradición en la doctrina católica.

[ii] Las definiciones de la Sesión VI del Tridentino van dirigidas contra la noción extrinsecista de la justificación y la gracia, sostenida por Lutero y sus adláteres. El discurso antimérito en boca de obispos católicos es otra muestra de la protestantización de la Iglesia, que no se debe confundir con el diálogo ecuménico; si la Iglesia se protestatinza, ¿quiénes serían los interlocutores del diálogo?.

[iii] En el habla corriente de Argentina, esta expresión significa «de lo más bajo» o «degradado».

Exxtraído de Infocatólica.com