Lecturas del Lunes de la V Semana de Cuaresma

23.03.2026

Primera Lectura

Lectura del libro de Daniel (13,1-9.15-17.19-30.33-62):

En aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y temerosa del Señor.
Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí.
Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo:
«En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que pasan por guías del pueblo».
Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos.
A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella.
Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes.
Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos escondidos y acechándola.
Susana dijo a las criadas:
«Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño».
Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron:
«Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las criadas».
Susana lanzó un gemido y dijo:
«No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor».
Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta del jardín.
Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Cuando los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar.
Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana. En presencia del pueblo ordenaron:
«Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y vino ella con sus padres, hijos y parientes.
Toda su familia y cuantos la veían lloraban.
Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la cabeza de Susana.
Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.
Los ancianos declararon:
«Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo.
En cambio, a esta le echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello».
Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte.
Susana dijo gritando:
«Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí».
Y el Señor escuchó su voz.
Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz:
«Yo soy inocente de la sangre de esta».
Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron:
«Qué es lo que estás diciendo?».
Él, plantado en medio de ellos, les contestó:
«Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella».
La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron:
«Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad».
Daniel les dijo:
«Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar».
Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo:
«¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: "No matarás al inocente ni al justo". Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados».
Él contestó:
«Debajo de una acacia».
Respondió Daniel:
«Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio».
Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo:
«Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad. Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?».
Él contestó:
«Debajo de una encina».
Replicó Daniel:
«Tu calumnia también se vuelve contra ti. el ángel de Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros».
Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron.
Aquel día se salvó una vida inocente.

Palabra de Dios


Salmo del Día

Salmo 22



Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo

V/. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

V/. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

V/. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mí copa rebosa. R/.

V/. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.




Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (8,1-11):

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
«Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Palabra del Señor


Reflexión del Evangelio. 

Por el Padre Daniel Manzuc. 


Por Monseñor Munilla. 





PARA REFLEXIONAR

  • La historia del libro de Daniel nos presenta a una mujer inocente, que es acusada de adúltera por dos hombres viejos y perversos y no ha podido defenderse. Está condenada a muerte según la ley de Moisés.
  • Susana clamó a Dios con voz fuerte: Dios eterno, Tú penetras los secretos, mira que voy a morir inocente.
  • El Señor escuchó su oración y suscitó la inspiración del joven Daniel cuyo nombre significa «el Señor, mi juez» para impedir que se lleve a cabo la injusta sentencia.
  • El único que juzga recto, porque juzga según el corazón y no según las apariencias, es Dios. «Y aquel día se salvó una vida inocente».

***

  • En la primera lectura, es el joven Daniel quien desenmascara a los falsos acusadores; en el evangelio es Jesús, quien no sólo defiende al que es justo, sino va más allá: es el instrumento de la misericordia de Dios incluso para los pecadores.
  • Porque va camino a la muerte, para asumir sobre sí mismo el juicio y la condena que la humanidad merecía, dejándose juzgar y condenar en un juicio totalmente injusto, para salvar a la humanidad; por eso puede perdonar ya anticipadamente a la mujer pecadora.
  • Jesús está sentado en el patio del Templo, rodeado de mucha gente allí reunida. Todo el episodio está encuadrado en el creciente antagonismo de los judíos contra Jesús: le traen a la mujer «para comprometerlo y poder acusarlo». Si la condena, pierde popularidad. Si la absuelve, va contra la ley.
  • Jesús escribe en el suelo, y resuelve con magistral elegancia la situación. "El que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra". Jesús no condena a esta mujer; no porque entienda que el adulterio es cosa de poca importancia, porque le dice con claridad que no vuelva a pecar, sino porque Jesús no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.
  • Jesús, está dispuesto a cargar con el pecado de todos, el pecado del mundo, el pecado que todos quieren sacarse de encima.
  • Jesús desenmascara, con habilidad y sencillez, la capacidad que tenemos los hombres de torcer las cosas para creernos justos cuando no lo somos, de creernos limpios, cuando a lo mejor, ni siquiera hemos tocado un poco el misterio de nuestra auténtica conversión interior.
  • Esta manera de actuar de Cristo, dejando a un lado toda la justicia de la Ley, nos invita a todos al reconocimiento del propio pecado y a superar el ámbito de la simple justicia humana, para encontrar la salvación en la misericordia de Dios.
  • Él no ha venido a juzgar, sino a salvar, y Él espera de nosotros que aceptemos ese nuevo camino que nos ofrece: el camino de la comprensión de las faltas del prójimo, el camino de la sinceridad que descubre en nosotros los mismos defectos que criticamos en los demás, y el camino que nos lleva al encuentro del perdón que generosamente Dios ofrece a todos.
  • Necesitamos permitirle a Jesús bajar hasta el fondo de nuestro corazón, para que desde ahí, Él empiece a sanarnos, a transformarnos, a cambiarnos.


PARA DISCERNIR

  • ¿Condeno con facilidad?
  • ¿Cuáles son las formas más frecuentes con las que petrifico la vida de los demás y los cierro a la esperanza?
  • ¿Qué medida uso con los demás y que medida conmigo?
  • ¿Descubro y valoro la recreación que hace de mi vida el perdón de Dios?


REPITAMOS A LO LARGO DE ESTE DIA

En tu luz veremos la luz


PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

"Yo tampoco no te condeno… Yo soy la luz del mundo" (Jn 8,11-12)

Oh Dios mío, que amas tanto perdonar, mi Creador,

haz crecer sobre mí el esplendor de tu inaccesible luz

para llenar de gozo mi corazón.

¡Ah, no te irrites! ¡Ah, no me abandones!

pero haz que mi alma resplandezca de tu luz,

porque tu luz, oh Dios mío, eres tú…

Me extravié del camino recto, del camino divino,

y, lamentablemente, abandoné la gloria que se me había dado.

Me despojé del vestido luminoso, el vestido divino,

y, caído en las tinieblas, yazgo ahora en las tinieblas,

y no soy consciente de que estoy privado de luz…

Porque si tú has brillado desde lo alto, si te has aparecido en la oscuridad,

si has venido al mundo, oh Misericordioso, si has querido

vivir con los hombres, según nuestra condición, por amor al hombre,

si… tú has dicho que eres la Luz del mundo (Jn 8,12)

y nosotros no te vemos,

¿no es porque somos totalmente ciegos

y más desdichados que los ciegos, oh Cristo mío?…

Pero tú, que eres todos los bienes, que los das sin cesar

a tus servidores, a los que ven tu luz…

Quien te posee, en ti lo posee realmente todo.

¡que yo no sea privado de ti, Maestro! ¡que no sea privado de ti, Creador!

¡Que no sea privado de ti, Misericordioso, yo, humilde extranjero…!

Te lo ruego, ponme junto a ti

aunque sea verdad que he multiplicado los pecados más que todos los hombres.

Acoge mi oración como la del publicano (Lc 18,13),

como la de la prostituta (Lc 7,38), Maestro, aunque yo no llore como ella…

¿No eres tú, manantial de piedad, fuente de misericordia

y río de bondad? : por estos títulos, ¡ten piedad de mi!

Sí, tú que has tenido las manos, tú que has tenido los pies clavados en la cruz,

y tu costado traspasado por la lanza, Compasivo Señor,

ten piedad de mí y arráncame del fuego eterno…

Que en este día permanezca ante ti sin condenación

para ser acogido dentro tu sala de bodas

donde compartiré tu felicidad, mi buen Señor,

en el gozo inexpresable, por todos los siglos. Amén.

Simeón el Nuevo Teólogo (c. 949-1022) – monje griego – Himno 45


PARA REZAR

Crea en mí Dios bueno un corazón puro,

y renueva la fuerza de mi alma.

Dame la gracia de amistad

y que el amor que derramaste en mi corazón,

me haga testigo de un amor que perdona

y hace nueva la vida de los demás.

Quiero experimentar cada día tu llamada

y cada noche tu misericordia y tu perdón.



Parola del Signore
Dal Vangelo secondo Giovanni 8,1-11

Testo del Vangelo
In quel tempo, Gesù si avviò verso il monte degli Ulivi. Ma al mattino si recò di nuovo nel tempio e tutto il popolo andava da lui. Ed egli sedette e si mise a insegnare loro.
Allora gli scribi e i farisei gli condussero una donna sorpresa in adulterio, la posero in mezzo e gli dissero: «Maestro, questa donna è stata sorpresa in flagrante adulterio. Ora Mosè, nella Legge, ci ha comandato di lapidare donne come questa. Tu che ne dici?». Dicevano questo per metterlo alla prova e per avere motivo di accusarlo.
Ma Gesù si chinò e si mise a scrivere col dito per terra. Tuttavia, poiché insistevano nell'interrogarlo, si alzò e disse loro: «Chi di voi è senza peccato, getti per primo la pietra contro di lei». E, chinatosi di nuovo, scriveva per terra. Quelli, udito ciò, se ne andarono uno per uno, cominciando dai più anziani.
Lo lasciarono solo, e la donna era là in mezzo. Allora Gesù si alzò e le disse: «Donna, dove sono? Nessuno ti ha condannata?». Ed ella rispose: «Nessuno, Signore». E Gesù disse: «Neanch'io ti condanno; va' e d'ora in poi non peccare più».

Meditazione
Proverei oggi a soffermarmi sulla prima risposta di Gesù ai farisei. Gli chiedono: Tu che ne dici? Se fate attenzione, prima di proferire la proverbiale frase "Chi è senza peccato scagli la prima pietra" Gesù fa silenzio e compie un gesto: un silenzio carico di significato, un gesto che parla più di mille parole. Un atto simbolico che, prima di rispondere ai farisei, vuole comunicare qualcosa alla donna. E' lei infatti la sua preoccupazione principale.
Racconta il vangelo che alla domanda degli scribi e farisei: tu che ne dici? Gesù si chinò e si mise a scrivere col dito per terra, quasi a disegnare una verità invisibile.
Interessante: Gesù si china, scrive a terra poi si alza, parla, sentenzia e poi di nuovo si china e scrive a terra.
Questo chinarsi apre e chiude la sua arringa di giudice improvvisato. Il linguaggio non verbale è più del parlato. E non è indizio di poco conto. Gesù si chinò. Perché Gesù si china? Strano questo, non pensate? Non si era mai visto nei vangeli che Gesù si chinasse per poi rialzarsi in situazione di un contenzioso verbale.
Si potrebbe giustificare il chinarsi con il fatto che doveva scrivere, ma proverei ad inquadrare la questione in un altro modo. Immaginiamo la scena. In quello scenario di gente, fra passanti e giustizieri chi era l'unica persona a terra? L'adultera, la donna che di lì a breve sarebbe stata lapidata. È così Gesù sceglie di mettersi a terra con lei. Si mette al suo livello, alla sua bassezza. Condivide la postura della condannata, e da un segno in controtendenza a quella donna. Ci sono, sono con te, sono come te. Stare in piedi significava stare dalla parte dei giudici, di chi si sente sopra, meglio, migliore. Stare chinato significa stare dalla parte del giudicato, del peccatore, del condannato. Si io credo che Gesù si sia chinato per liberarla dall'angoscia di dover morire da sola senza avere nessuno a fianco con cui poter condividere la paura mortale. Dice il Vangelo che era stata colta in fragrante adulterio. Ma dov'era l'uomo con cui aveva condiviso l'adulterio? Anche lui doveva essere punito secondo la legge. Non ne conosciamo la storia, ma il tradimento al marito coinvolgeva nel giudizio anche l'amante. Così è scritto nel libro del Levitico 20,10 – "Se uno commette adulterio con la moglie del suo prossimo, l'adultero e l'adultera dovranno essere messi a morte."
Questo amante di cui lei si era invaghita, fidata, confidata, la cui passione l'aveva messa a rischio lapidazione, ebbene questo amante non c'era, non era lì con lei. In tempi fortemente maschilisti chi pagava era solo la donna. Lei, ora, trascinata davanti al tempio di Dio ed umiliata davanti a tutti era sola, senza l'aiuto del Dio della legge e neppure la pietà degli uomini. Il Dio che aveva servito e lodato nella sua giovinezza ora la castigava a morte. E gli uomini giustizialisti e assetati di sangue erano pronti a scagliare le pietre. Quella solitudine assoluta era già una tomba per quella donna. Forse aveva bisogno solo di uno sguardo amico per morire. Lì entra Gesù. Lui a terra insieme a lei, al posto dell'amante, al posto del condannato. Ora è salva.

Recita
Francesca Cevoli, Andrea Procopio, Massimiliano Innocentini, Rachele

Musica di sottofondo
J.S,Bach, Matthaeus Passion. Erbarme Dich mein Gott. Diritti Creatve Commons

Meditazione
Don Franco Mastrolonardo

Letture di Lunedì 23 Marzo 2026
V settimana di Quaresima

Prima Lettura
Dal libro del profeta Daniele
Dn 13,1-9.15-17.19-30.33-62

In quei giorni, abitava a Babilonia un uomo chiamato Ioakìm, il quale aveva sposato una donna chiamata Susanna, figlia di Chelkìa, di rara bellezza e timorata di Dio. I suoi genitori, che erano giusti, avevano educato la figlia secondo la legge di Mosè. Ioakìm era molto ricco e possedeva un giardino vicino a casa, ed essendo stimato più di ogni altro, i Giudei andavano da lui.
In quell'anno erano stati eletti giudici del popolo due anziani; erano di quelli di cui il Signore ha detto: «L'iniquità è uscita da Babilonia per opera di anziani e di giudici, che solo in apparenza sono guide del popolo». Questi frequentavano la casa di Ioakìm, e tutti quelli che avevano qualche lite da risolvere si recavano da loro. Quando il popolo, verso il mezzogiorno, se ne andava, Susanna era solita recarsi a passeggiare nel giardino del marito. I due anziani, che ogni giorno la vedevano andare a passeggiare, furono presi da un'ardente passione per lei: persero il lume della ragione, distolsero gli occhi per non vedere il Cielo e non ricordare i giusti giudizi.
Mentre aspettavano l'occasione favorevole, Susanna entrò, come al solito, con due sole ancelle, nel giardino per fare il bagno, poiché faceva caldo. Non c'era nessun altro al di fuori dei due anziani, nascosti a spiarla. Susanna disse alle ancelle: «Portatemi l'unguento e i profumi, poi chiudete la porta, perché voglio fare il bagno».
Appena partite le ancelle, i due anziani uscirono dal nascondiglio, corsero da lei e le dissero: «Ecco, le porte del giardino sono chiuse, nessuno ci vede e noi bruciamo di passione per te; acconsenti e concediti a noi. In caso contrario ti accuseremo; diremo che un giovane era con te e perciò hai fatto uscire le ancelle». Susanna, piangendo, esclamò: «Sono in difficoltà da ogni parte. Se cedo, è la morte per me; se rifiuto, non potrò scampare dalle vostre mani. Meglio però per me cadere innocente nelle vostre mani che peccare davanti al Signore!». Susanna gridò a gran voce. Anche i due anziani gridarono contro di lei e uno di loro corse alle porte del giardino e le aprì.
I servi di casa, all'udire tale rumore in giardino, si precipitarono dalla porta laterale per vedere che cosa le stava accadendo. Quando gli anziani ebbero fatto il loro racconto, i servi si sentirono molto confusi, perché mai era stata detta una simile cosa di Susanna.
Il giorno dopo, quando il popolo si radunò nella casa di Ioakìm, suo marito, andarono là anche i due anziani, pieni di perverse intenzioni, per condannare a morte Susanna. Rivolti al popolo dissero: «Si faccia venire Susanna, figlia di Chelkìa, moglie di Ioakìm». Mandarono a chiamarla ed ella venne con i genitori, i figli e tutti i suoi parenti. Tutti i suoi familiari e amici piangevano.
I due anziani si alzarono in mezzo al popolo e posero le mani sulla sua testa. Ella piangendo alzò gli occhi al cielo, con il cuore pieno di fiducia nel Signore. Gli anziani dissero: «Mentre noi stavamo passeggiando soli nel giardino, è venuta con due ancelle, ha chiuso le porte del giardino e poi ha licenziato le ancelle. Quindi è entrato da lei un giovane, che era nascosto, e si è unito a lei. Noi, che eravamo in un angolo del giardino, vedendo quella iniquità ci siamo precipitati su di loro. Li abbiamo sorpresi insieme, ma non abbiamo potuto prendere il giovane perché, più forte di noi, ha aperto la porta ed è fuggito. Abbiamo preso lei e le abbiamo domandato chi era quel giovane, ma lei non ce l'ha voluto dire. Di questo noi siamo testimoni». La moltitudine prestò loro fede, poiché erano anziani e giudici del popolo, e la condannò a morte.
Allora Susanna ad alta voce esclamò: «Dio eterno, che conosci i segreti, che conosci le cose prima che accadano, tu lo sai che hanno deposto il falso contro di me! Io muoio innocente di quanto essi iniquamente hanno tramato contro di me». E il Signore ascoltò la sua voce.
Mentre Susanna era condotta a morte, il Signore suscitò il santo spirito di un giovanetto, chiamato Daniele, il quale si mise a gridare: «Io sono innocente del sangue di lei!». Tutti si voltarono verso di lui dicendo: «Che cosa vuoi dire con queste tue parole?». Allora Daniele, stando in mezzo a loro, disse: «Siete così stolti, o figli d'Israele? Avete condannato a morte una figlia d'Israele senza indagare né appurare la verità! Tornate al tribunale, perché costoro hanno deposto il falso contro di lei».
Il popolo tornò subito indietro e gli anziani dissero a Daniele: «Vieni, siedi in mezzo a noi e facci da maestro, poiché Dio ti ha concesso le prerogative dell'anzianità». Daniele esclamò: «Separàteli bene l'uno dall'altro e io li giudicherò».
Separàti che furono, Daniele disse al primo: «O uomo invecchiato nel male! Ecco, i tuoi peccati commessi in passato vengono alla luce, quando davi sentenze ingiuste, opprimendo gli innocenti e assolvendo i malvagi, mentre il Signore ha detto: Non ucciderai il giusto e l'innocente. Ora, dunque, se tu hai visto costei, di': sotto quale albero tu li hai visti stare insieme?». Rispose: «Sotto un lentìsco». Disse Daniele: «In verità, la tua menzogna ti ricadrà sulla testa. Già l'angelo di Dio ha ricevuto da Dio la sentenza e ti squarcerà in due».
Allontanato questi, fece venire l'altro e gli disse: «Stirpe di Canaan e non di Giuda, la bellezza ti ha sedotto, la passione ti ha pervertito il cuore! Così facevate con le donne d'Israele ed esse per paura si univano a voi. Ma una figlia di Giuda non ha potuto sopportare la vostra iniquità. Dimmi dunque, sotto quale albero li hai sorpresi insieme?». Rispose: «Sotto un léccio». Disse Daniele: «In verità anche la tua menzogna ti ricadrà sulla testa. Ecco, l'angelo di Dio ti aspetta con la spada in mano, per tagliarti in due e così farti morire».
Allora tutta l'assemblea proruppe in grida di gioia e benedisse Dio, che salva coloro che sperano in lui. Poi, insorgendo contro i due anziani, ai quali Daniele aveva fatto confessare con la loro bocca di avere deposto il falso, fece loro subire la medesima pena che avevano tramato contro il prossimo e, applicando la legge di Mosè, li fece morire. In quel giorno fu salvato il sangue innocente.


Salmo Responsoriale
Sal 22 (23)

R. Con te, Signore, non temo alcun male.
Il Signore è il mio pastore:
non manco di nulla.
Su pascoli erbosi mi fa riposare,
ad acque tranquille mi conduce.
Rinfranca l'anima mia. R.

Mi guida per il giusto cammino
a motivo del suo nome.
Anche se vado per una valle oscura,
non temo alcun male, perché tu sei con me.
Il tuo bastone e il tuo vincastro
mi danno sicurezza. R.

Davanti a me tu prepari una mensa
sotto gli occhi dei miei nemici.
Ungi di olio il mio capo;
il mio calice trabocca. R.

Sì, bontà e fedeltà mi saranno compagne
tutti i giorni della mia vita,
abiterò ancora nella casa del Signore
per lunghi giorni. R.



Share